La reflexión no es nueva, ni
siquiera original, pero no puedo evitar que ronde mi cabeza cada semana previa a
un gran premio. ¡Cuánto hemos cambiado! Hace dos años, sumar un punto en Fórmula
1 nos parecía un regalo de los dioses, un logro mayúsculo que nos permitía soñar
con mayores éxitos. Como soñar es gratis, pues entonces soñábamos y lo
maravilloso es que la quimera dejó de serlo para convertirse en una realidad tan
sólida como prometedora. Su filiación: Fernando Alonso. Su presente: la élite
del automovilismo. Su destino: la gloria. Y aquí estamos, hablando hoy de que
quizá en Monza nadie pueda parar a unos Ferrari que ya son imparables, pero que
detrás de ellos no está ni un inglés, ni otro alemán, ni un francés o un
italiano. No, no, quien persigue la estela roja del Cavallino es nada menos un
asturianín de Oviedo.
Alonso, que dice sentirse un poco Harry Potter, ha eliminado para siempre
con su varita mágica los temores, los complejos y las incertidumbres. Cada dos
domingos, más o menos, de marzo a octubre, tenemos una cita con la emoción, la
valentía, la habilidad... y seguro que muy pronto de nuevo con el triunfo. Me
encanta que ya un tercero de Nano empiece a sabernos a poco, puede que hasta el
segundo puesto nos deje algo insatisfechos... ¡Porque sabemos que puede ganar!
Esa es la clave, esa es la diferencia. Poco a poco se refiere con más
rotundidad, con menos miramientos, a objetivos progresivamente más ambiciosos. Y
Alonso no habla por hablar. Si dice que en Italia puede haber podio, no lo
duden: estará en la pomada. Por eso, lo de menos por ahora es si el coche se
rompe y nos quedamos con las ganas. Todo llegará, tarde o temprano.
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