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Se dice Shan-jai. En ella
viven 13,3 millones de personas. Rascacielos y bicicletas viejas. Modernidad y
tradición. Es la ciudad más industrial de China y se acaba de gastar con ayuda
del Gobierno 204 millones de euros para albergar la Fórmula 1. Ése es el gasto
empleado entre el circuito y las infraestructuras de acceso, pero a eso hay que
sumar los 34 millones de euros por los siete años de contrato con la FOM
(Formula One Management). En fin, una inversión sólo al alcance del nuevo
gigante de la economía mundial, que ha incrementado su consumo de petróleo en un
37 % en el último año.
Un gasto tan enorme no se recupera ni en una ni en dos temporadas, tal y
como cuenta Mao Xiaohan, el General Mánager del circuito: De acuerdo con
nuestras previsiones, podremos recuperar nuestra inversión en diez o doce años.
Hay que tener paciencia budista para sostener eso.
Interés comercial. Pero lo cierto es que el país que
organizará los próximos Juegos Olímpicos quiere demostrar con este gran premio
su capacidad para organizar grandes eventos. Y acrecentar la entrada de los
grandes fabricantes en su mercado. Ferrari ya tiene aquí un pequeño nicho. En
2003 vendió cincuenta de sus exclusivos modelos. Sólo en los últimos ocho meses,
BMW ha incrementado sus ventas en un 26%, especialmente en su gama más
alta.
Aquí las
clases ricas son muy ricas. Y las pobres, paupérrimas. Mario Theisen,
responsable del programa de F-1 de la marca alemana, destaca que ese viaje al
lejano Oriente puede ser muy productivo: Esta carrera es única por su interés
comercial. 1.300 millones de habitantes de un solo país tendrán posibilidad de
entrar en contacto con las grandes escuderías.
Ausencia de una ley antitabaco La falta de legislación antitabaco
ha sido fundamental para la llegada de la F-1 a China. Al igual que el aire de
la ciudad recibe emisiones sin control, los coches lucirán en Shanghai sus
publicidades cancerígenas sin problemas. En Europa se medita la posibilidad de
prohibir la emisión de las imágenes.
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