Unos 30 años atrás, el proyecto de un coche de
F-1 era responsabilidad prácticamente de principio a fin de un solo ingeniero.
Hasta ahora existía una verdadera tropa de especialistas detrás de un monoplaza.
Nadie parecía querer hacerse responsable directo y, por lo tanto, se apelaba al
conservadurismo. Pero los tiempos obligan a arriesgar y para derrotar a Ferrari
se requiere audacia.
La localidad inglesa de Enstone era hasta hace
pocos años una de las desconocidas poblaciones que salpican la región de Oxford,
el denominado Silicon Valley de la Fórmula-1, ya que la mayoría de las
escuderías están situadas en un radio de 50 kilómetros, cuyo epicentro es el
circuito de Silverstone. El equipo Renault tiene allí una de sus dos bases de
operaciones.
Es en este tipo de fábricas donde, combinando los procesos
industriales con la alta tecnología, se ejerce la ardua, complicada y silenciosa
labor que permite a los pilotos del 'circo' disfrutar de esos sueños de
velocidad. En el centro tecnológico de Enstone, donde trabajan durante todo el
año 450 personas de alta cualificación, se ha construido completamente, bajo la
dirección de Bob Bell, el nuevo R25, excepto el motor, que se ha fabricado, a
las órdenes de Rob White, en una planta de 250 personas en Viry-Chatillon
(Francia).
No cruzarán por sus puertas más de diez o doce unidades de
este modelo durante la temporada, entre los de competición y pruebas, lo que da
una idea del grado de perfeccionamiento técnico. De hecho, se ha partido con un
diseño nuevo, que sufrirá hasta cuatro evoluciones significativas a lo largo de
la temporada -pueden alcanzar hasta el 60% del proyecto inicial-. Mientras esos
cambios se suceden, uno de los tres grupos de ingenieros de Renault ya trabaja
paralelamente en el vehículo para el siguiente año, teniendo en cuenta las
mejoras tecnológicas y las nuevas reglas de la FIA.
Si en los comienzos
de la F-1, allá por los años 50, el elemento que más se primaba a la hora de
fabricar un monoplaza era la motorización, y en las últimos tiempos ha sido la
electrónica, el diseño y la construcción están marcados, hoy, por los estudios
de aerodinámica, el verdadero caballo de batalla. La herramienta fundamental en
esta fase es el diseño asistido por ordenador -con el programa CATIA-, que se ha
empleado para dar forma a los 13.000 componentes que integran el R25. Al final
de la temporada, los diseñadores habrán trabajado con una media de 10.000
gráficos en tres dimensiones, de los que se aprovecharán no más de
4.000.
La fábrica de Renault cuenta con un túnel de viento -aunque no con
una escala del 100%, como sí tiene Ferrari-, donde se desarrolla el perfil de
alta resistencia que tiene el monoplaza. La estancia, de forma rectangular,
cuenta con un ventilador de 3.000 caballos que genera un flujo de aire de hasta
60 metros por segundo. Sólo tres de las diez soluciones aerodinámicas estudiadas
para el nuevo coche se probaron en esta instalación crítica, donde los análisis
se hacen con maquetas idénticas al monoplaza, aunque con la mitad de tamaño y
fabricadas en piezas de resina cortadas con láser -la máquina empleada, de las
que Renault tiene ocho, cuesta un millón de euros-.
El proceso de
construcción del R25 ha durado 17 meses -uno más el del propulsor-. Desde la
primera reunión de trabajo y los primeros trazos de lápiz dibujados en un papel,
pasando por el diseño de todas las piezas y componentes realizados mediante el
ordenador, hasta la fabricación, tomando en cuenta los datos arrojados por la
computadora, y el ensamblaje final, el recorrido ha sido largo y complicado.
La primera etapa consiste en la construcción del chasis, fabricado con
láminas de fibra de carbono y cocido en vacío en los autoclaves. Algunos
elementos, como el disco de freno, requieren un tratamiento en el horno de hasta
seis meses para así aguantar temperaturas de 1.000 grados.
Después, en la
parte posterior del chasis, se incorpora de manera rígida, el motor. A
continuación se añaden los radiadores de refrigeración a cada lado del motor, se
ensambla la caja de cambios (20 horas de trabajo), se integran los triángulos,
las suspensiones, los frenos y el eje posterior, y se colocan los alerones, la
carrocería y las ruedas. Por último, en la etapa final, se incorporan los
programas electrónicos de la caja de cambios y del motor, el segundo corazón de
un coche de F-1.
En conjunto, el vehículo terminado y ensamblado con su
motor, pesa alrededor de 605 kilos. El resultado es impresionante. Y más que por
la velocidad punta del monoplaza (360 km/h) o por su gran aceleración (de 0 a 90
km/h en 2,4 segundos), lo es por la rapidez con que pueda pararse: de 350 a 100
km/h en segundo y medio. Con un motor de diez cilindros, que aspira hasta 500
litros de aire por segundo, puede alcanzar un máximo de 19.000 revoluciones por
minuto durante sus menos de 1.500 kilómetros de vida. O, al menos, eso es lo que
se espera de la nueva criatura de Fernando Alonso.