Lo que le dijo aquel ingeniero en Parma lo ha
tomado Fernando Alonso como doctrina inquebrantable cuando agarra un volante.
«No te olvides de que el segundo es el primero de los tontos», le espetó un
perro viejo a un crío de escasos 14 años que ya caminaba solo, alejado de su
familia y de su entorno durante mucho tiempo. Pero resulta que, de tonto, el
'Nano' -así le llaman- no tiene un pelo. Lo sabe él y todos aquellos que han
seguido su carrera, en algunos casos, desde sus inicios. Lo conoce José Vicente
García -con el que el ovetense se sacó el carné de conducir y que preside la
Peña F-1 Oviedo-, que habla de él con devoción: «Si el motor y los neumáticos le
responden, no le tiene miedo a nada».
Las butacas del Auditorio Príncipe
Felipe y del Hotel La Gruta, donde se dan cita cada gran premio casi dos
millares de 'alonsistas', se tambalearon la pasada madrugada ante sus gritos. Y
no era para menos. El ovetense les volvió a hacer vivir, diecinueve meses
después de la gesta de Hungría, otro de esos momentos emocionantes a los que ya
les está empezando a habituar. Por eso no pararon de corear el nombre del piloto
de Renault y agitar sin parar las banderas azules y amarillas durante toda la
carrera. Y un poco más aún.
La 'alonsomanía' no sólo se desató allí, sino
en toda Asturias y más allá aún, aunque, claro está, fueron esas dos
instalaciones donde se hizo más patente, al igual que los nervios, pese a que
los allí presentes presumen de ser expertos en estas lides. «Se me está haciendo
eterno, parece que no acaba nunca», confesaba una aficionada, presa por la
ansiedad de la incertidumbre, mientras no perdía ojo a la pantalla gigante de
televisión. «Lo estoy pasando realmente mal. Sólo espero que llegue la última
vuelta y que el monoplaza aguante y no nos dé ningún disgusto», añadía su
compañero de butaca. Nadie tenía dudas de que su ídolo de mono azul y patillas
largas iba a ocupar el cajón más alto en Sepang.
Fueron las 56 vueltas o
los 91 minutos más largos que recordaban desde hace mucho tiempo. Fue entonces
cuando sonó un gran aplauso en las salas, volvieron a ondear las banderas y las
camisetas y a oirse los vítores a ritmo de pandereta -a falta de gaitas-.
«¿Alonso, Alonso! ¿Campeón, campeón!», explotó preso de los nervios y de la
emoción Juan, que, junto a sus compañeros de pandilla, decidió terminar la noche
con el asturiano.
«Hasta ahora no me había atrevido, por prudencia, a
decirlo, pero ya puedo afirmar que esta temporada vamos a ver muchas carreras
como ésta», aventuraba José Vicente, que se mostraba radiante en el Auditorio
ovetense tras ver al pupilo de Flavio Briatore cruzar la línea de meta bajo la
bandera de cuadros. «Con esta actuación desaparece cualquier duda sobre
Fernando. Todos son conscientes de que sólo Schumacher le puede hacer sombra
porque al resto les ha comido la moral. Puede con todos», añadía. A su lado,
unos y otros se fundían en sentidos abrazos de entusiasmo
colectivo.
Mientras el ovetense sufría en el podio una bajada de tensión,
se inclinaba hacia adelante y ponía sus manos en las rodillas, los 2.000
aficionados entonaban por él a grito pelado el himno de España. Y continuaron
con el 'Asturias patria querida', pero ya sólo los más valientes ya que, pese a
que habían solicitado a los responsables de la instalación municipal que
pusieran la música por la megafonía, no pudo ser. «Estamos muy enfadados». Ese
era el sentir, al menos, del presidente de la Peña F-1 Oviedo.
El más
internacional
A esa misma hora, también festejaba el triunfo de
Fernando Alonso el director general de Deportes, Daniel Gutiérrez Granda,
aunque, en su caso, como en el de otros muchos aficionados al deporte del
automovilismo, prefirió la intimidad de su hogar para disfrutar con el pilotaje
del «español más conocido a nivel mundial». El responsable regional, que fue de
los que se pegó el madrugón, transmitió su enhorabuena y la del Gobierno del
Principado al padre del piloto, José Luis Alonso, que, como viene siendo
habitual en los grandes premios que no se celebran en Europa, siguió la prueba a
través del televisor.
«Para Asturias ha sido un logro muy importante,
tanto a nivel deportivo como social, pero también para el resto del país porque
se trata de un éxito en uno de los grandes espectáculos a escala internacional,
que arrastra a miles de personas cada gran premio y a otros tantos a través de
las retransmisiones. Nadie hace unos años se podía imaginar que íbamos a contar
con un piloto de esta calidad», señalaba Gutiérrez Granda, que cree que éste
puede ser el año de la consagración del asturiano: «¿Por qué no? Su evolución ha
sido imparable y parece que tiene el coche para ello...».
Los seguidores,
pese a que la carrera ya había llegado a su fin, continuaron en la calle la
fiesta, la que el ovetense había hecho más grande a medida de que las vueltas
habían ido cayendo. Primero, con unas copas de buena sidra espumosa a las
puertas del Auditorio, a las que una ruidosa traca puso fin. En sus mentes
todavía permanecían los aplausos que Fernando brindó al público tras cruzar la
línea de meta, que es, tal como ha venido sucediendo, su forma de dar las
gracias a todos sus seguidores, de reconocer que también él tiene un motivo
especial para estar donde está, para hacer lo que hace, para luchar por ser el
mejor: responder con su esfuerzo y con sus éxitos a una afición que le sigue
entusiasmada.
Mientras muchos se retiraban a sus casas tras una noche
larga, aunque llena de emociones, los más atrevidos, sin embargo, se encaminaron
hacia la plaza de América, en cuyo centro se ubica la gran fuente -conocida con
el sobrenombre de la 'gabinona'- que se ha convertido en los últimos tiempos en
el escenario final de celebraciones varias. Ya lo fue cuando Fernando abrió en
Hungría la puerta de los éxitos en la Fórmula-1. El horario y la temperatura
reinante a esas horas hicieron a los presentes mostrarse comedidos -«como en
aquella ocasión algunos mojados, ayer la gente se mantuvo separada y a cierta
distancia», confesaba José Vicente»-.
«A Fernando le gusta que estemos
pendiente de él y se da cuenta de que la gente está muy ilusionada». Todo lo
demás, lo pondrá el piloto. De eso nadie tiene duda.