Merecido o inmerecido

Independiente de las consideraciones que puedan hacerse sobre la concesión del Premio Príncipe de Asturias de Deportes a Fernando Alonso, hay algo innegable, se esté de acuerdo o no, y es que para el pueblo asturiano supone un enorme orgullo que un deportista de su tierra, el primero que lo consigue, haya sido distinguido con semejante honor. Pocos paisanos suyos, tan sólo cinco, recibieron galardones en otras categorías en los 25 años de historia de los premios y eso dice mucho de la trascendencia que lo que se conoció ayer tiene para el Principado. Y desde este punto de vista Alonso lo tiene bien merecido, porque ha paseado el nombre de Asturias por todo el mundo, arrastrando una legión de seguidores que han poblado de banderas regionales, con la Cruz de la Victoria, cada circuito. Y como ha dicho Samaranch, el premio también es para el Paraíso Natural.

Conocí a Alonso en diciembre de 2002. Acababa de empezar a trabajar en Asturias, y el fotógrafo Eloy Alonso y yo fuimos a hacerle un reportaje en su circuito de karts a modo de brindis navideño para los lectores. Nos encontramos a un tipo tímido y humilde que encaraba su primera temporada como piloto oficial de Renault y asumía el sacrificio de alejarse de su tierra y de su familia. Después, pude comprobar, desde mi condición de hijo adoptivo del Principado, como aquí la pasión por el fenomenal piloto, compartida ya entonces por muchos asturianos, fue multiplicándose extraordinariamente. Este premio será celebrado por sus seguidores de toda España y del resto del mundo, pero deberían hacerlo propio sobre todo sus paisanos, ávidos de las alegrías que no les llegan con frecuencia desde otros deportes.