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Anthony Hamilton, padre y representante de Lewis, no se separa de su
lado en cada carrera. Le acompaña en todos sus viajes y controla cada
uno de sus movimientos. Con su carácter, intenta ganarse la simpatía de
la gente del paddock, pero en realidad es quien le ha inculcado todos
los valores a su hijo. Está dispuesto a convertirlo en campeón a toda
costa. Hay quien dice que, en Hungría, fue el instigador de la
investigación que inició la FIA sobre las maniobras de McLaren durante
la calificación. Lo que está claro es que, en el pasado GP de Francia,
empezó a exigirle a Ron Dennis que aumentara los emolumentos del
piloto. Por otro lado, el mandamás de Ferrari, Luca di Montezemolo, ha
dicho en público que Lewis Hamilton le encanta y se rumorea que la
Scuderia ya le ha hecho una oferta.
Su llegada a la F1 causó malestar entre el público español. Y es que la
entrada de Lewis Hamilton en McLaren significaba la salida de Pedro de
la Rosa, como piloto titular. Con el tiempo, esa antipatía hacia el
piloto británico ha aumentado. Su máscara de alumno obediente se ha
caído. La ambición del piloto de Tewin no conoce ni límites ni reglas.
El niño mimado de la F1 se ha revelado como un discípulo díscolo y
vanidoso.
Durante todo este tiempo, Hamilton se había paseado
por los circuitos del mundial con semblante de aparente humildad y
simpatía. Se había llegado a ganar la admiración y respeto de muchos,
especialmente de los miembros de McLaren, que se veían identificados
con un chico que, integrado en la formación desde los trece años, se
sentía implicado con todo lo que hacía. Su imagen de alumno aplicado y
obediente había convencido a la mayoría, dentro del gran circo. Excepto
a Fernando Alonso, el primero en darse cuenta de cómo era su compañero
de garaje.
En Mónaco se le empezaron a ver las orejas al lobo.
El británico acabó la carrera segundo, por detrás de Alonso. No aceptó
su derrota, acusó al equipo y encendió la mecha de la prensa inglesa:
"Llevo el número dos en mi coche y soy el piloto número dos del
equipo". Los periodistas británicos saltaron a la yugular de Ron Dennis
y se intensificó la campaña contra la figura de Alonso. La rabieta de
Hamilton provocó también la actuación de la FIA. En aquella ocasión no
supieron cómo sacarse de la manga una sanción, pero el gesto no gustó a
Dennis, que vio como a partir de ese momento empeoraba su relación con
el asturiano.
Después del episodio surrealista de Hungría, se
han hecho evidentes las dos caras de Hamilton, quien se ha revelado
contra su mentor con una soberbia, insolencia y arrogancia que han
sentado fatal en el equipo. El egoísmo de Lewis volvió a llevar ante la
FIA a su mentor Ron Dennis, que no pudo contener su cólera y se enzarzó
en una bochornosa discusión con su piloto, que tuvieron que parar los
propios comisarios.
El domingo, el piloto llegó al circuito más
tarde de lo habitual -dos horas después que Alonso- y reconoció que
temía la reacción que pudieran tener los miembros de su equipo por lo
ocurrido el día anterior. Sus sospechas se confirmaron, en McLaren
apenas se celebró la victoria. Tras la carrera, se volvió a poner la
máscara y pidió disculpas al equipo.
Demasiado tarde. Todo el
mundo ha empezado a darse cuenta de su verdadera personalidad. Ha
sembrado las semillas del malestar en el seno de McLaren y tarde o
temprano se verá reflejado.
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