Ron
Dennis es un tipo educado. Un señor alto. Aunque no tiene estudios
superiores y pasó gran parte de su vida entre aceites y oscura grasa,
como eficiente mecánico, disfruta de una madurez de pelo blanco y
triunfos. Caballero de la Orden del Imperio Británico, a sus 60 años,
el dueño de la escudería de F-1 McLaren, el patrón de Fernando Alonso,
pocas veces pierde los nervios. Todo bajo control. «Soy un enfermo de
la perfección, lo reconozco», es como lo explica él.
Hasta el capuchino que se toma en la
caravana de su poderosa escudería lleva su firma. Elige el café, el
modelo de vajilla donde se sirve e, incluso, el dibujo -el logotipo de
la marca, por supuesto- que debe hacer el chocolate espolvoreado sobre
la espuma de leche. Así es Ron Dennis, inglés de Woking, al sureste de
Londres, el cazador de talentos, más de 350 millones de euros de
fortuna.
Hasta que estalla. Como el más irascible patrón. O peor. Como el
padre que no está dispuesto a que su queridísimo hijo, su prometedor
ojito derecho de quien todo espera, se le suba a las barbas. Entonces,
el viejo mecánico es capaz -lo hizo en la última carrera, el Gran
Premio de Hungría- de quitarse los auriculares con los que habla con su
protegido Lewis Hamilton, lanzarlos contra la mesa de control de la
carrera y escupir con bilis: «No me vuelvas a hablar así en tu puta
vida». Detrás, casi una década de relación paternofilial, pues Dennis
descubrió al muchacho que encabeza el actual campeonato de F-1 cuando
sólo tenía 12 años. Delante, un desenlace de vértigo entre un novato
ambicioso y un bicampeón, el asturiano, defraudado. Y Ron en el
difícil, o acaso imposible para él, y bíblico papel de rey Salomón.
Todos dicen que a Dennis esta nueva guerra doméstica la próxima
batalla se librará el 26 de agosto, en Estambul, en el Gran Premio de
Turquía- y los actos de desobediencia le desquician. El caos le quita
el sueño en su universo de orden y meticulosidad. El descontrol es un
escenario imposible en la metodología del jefe de McLaren, un imperio
económico disfrazado de equipo de carreras. El chaval inglés que dejó,
frente al disgusto familiar, la escuela en el bachiller para empezar a
trabajar en un modesto taller en Surrey.
Ron pensó que había dejado detrás las peleas en el seno de su
escudería. Lo había vivido con Alain Prost y Ayrton Senna. Ellos
protagonizaron una encarnizada batalla interna a finales de los años
80. Desde entonces puso un orden casi militar. El es la voz, él es la
ley. ¿Sucumbirá a la tentación de dar a su país, Gran Bretaña, el héroe
que ansía? Aunque con fama de no casarse con nadie, Ron no es Salomón.
Dicen que no duda en hacer callar a uno de sus pilotos si la
pregunta del periodista no le agrada y prefiere responderla él. O en
reprender públicamente a un asistente. En su primer encuentro con la
prensa española, en una visita organizada a la sede del equipo el
pasado mes de diciembre, lanzó un mensaje muy claro. «Depende de
ustedes que nos llevemos bien. La pelota está en su tejado», advirtió,
antes de abandonar la sala precipitadamente tras sonar su móvil. «Les
dejo, me llama mi mujer, algo le ha pasado a mi hijo en el colegio»,
aclaró sin perder la calma. «Estará muy encima de vosotros, no lo
olvidéis», apuntó, con mayor contundencia, un colaborador.
Ron es el perfecto gentleman inglés. Luce trajes italianos siempre
oscuros, con camisas Hugo Boss. Habla bajo pero firme. Suavidad para
envolver órdenes incontestables, imperativos del que se siente puntal
de una escudería gigante, con 450 millones de euros de presupuesto
anual. Dirige un holding empresarial que produce monoplazas de Fórmula
1, deportivos de calle de 500.000 euros, sirve caterings de lujo a
aviones privados, financia películas, fabrica piezas para helicópteros
y abre restaurantes caros en Chelsea. «El controla todo. Desde la
agenda de sus pilotos o la carga de gasolina de los coches hasta la
forma en la que se doblan las servilletas en el motorhome del equipo»,
cuenta a Crónica uno de sus empleados. «Es, junto a Frank Williams
[patrón de la escudería Williams], el mayor apasionado de la Fórmula 1
de todos los tipos que dirigen equipos. Y el más profesional. Dentro de
10 años, algunos estarán navegando al sol, pero él seguirá a pie de
pista».
Sólo confía en una persona, su segundo, Martin Whitmarsh, pero
apenas delega. Las notas de prensa pasan por él, los contratos los
redacta personalmente y cata el vino a servir a sus invitados. Elige
las obras de arte que decoran Paragon, la fastuosa sede de la
escudería, en Woking -diseñada por Norman Foster-, y controla las
proyecciones que ambientan la caravana de 800 metros cuadrados que
acaban de estrenar en los circuitos. Allí, durante el último Gran
Premio de Europa, interrumpió una rueda de prensa. «Un momento», dijo y
entró en la sala de vídeo para pedir explicaciones a un técnico. ¿El
problema? En las pantallas no aparecía el vídeo correcto, con el coche
plateado y los coloridos logotipos de los mecenas. Negocio envuelto en
competición, sin olvidar ninguno de los dos extremos del lema: dinero y
victorias.
MARCAS DE PRESTIGIO
En Nurburgring, Hamilton sufrió un aparatoso accidente en la sesión
de clasificación. Más de 200 periodistas acudieron al centro de
operaciones de McLaren a escuchar las novedades sobre la salud del
piloto, evacuado en helicóptero hacia un hospital. Se buscaban
respuestas ante un Dennis compungido, aparentemente. «Lewis está bien,
pero antes de nada les ofrecemos el nuevo anuncio grabado con
Mercedes», avisó. En la tensión del momento, la música cómica atronó
por los altavoces mientras se veía a Alonso y su compañero compitiendo
amistosamente en el spot. Los compromisos publicitarios son sagrados.
«Los patrocinadores son más importantes que los pilotos», se asume en
el equipo.
El grupo McLaren cuenta con el apoyo de prestigiosas marcas como
TAG-Heuer, Hilton, Vodafone o Mercedes, todas firmando cheques a favor
de Dennis, el mejor encantador de patrocinadores. Un genio de la
gestión comercial y deportiva, que en 1973 tuvo que abandonar las
labores más técnicas sobre los motores para instalarse en los despachos
tras un grave accidente de circulación. Entonces comprendió que el
futuro de su pasión estaba en encontrar fuentes de financiación
solventes. Si no, ganar sería imposible.
Así lo hizo cuando se asoció con McLaren, en 1980. Entonces, Dennis
ligó a su nueva compañía a Mansour Ojjeh (firma TAG), un saudí
vinculado a la venta de armas, que permitió el crecimiento de McLaren
junto a la llegada de pilotos como Prost y Senna. En 1988 la escudería
ganó 15 de las 16 carreras del Mundial.
Su último gran golpe financiero fue arrebatar a su máxima rival,
Ferrari, su principal patrocinador, Vodafone. Convenció a Ian
MacLaurin, consejero delegado de la multinacional británica, para
conseguir 55 millones de euros por curso durante la próxima década. Las
previsiones para 2007 eran excelentes, pero una suma de factores ha
empujado a McLaren y a Dennis a una de las mayores crisis
institucionales de su imperio, a pesar de los brillantes resultados
deportivos: seis victorias en 11 carreras y el liderato en la
clasificación de pilotos y constructores. La acusación de espionaje que
ha recibido McLaren desde Ferrari y la delicada situación interna entre
sus dos pilotos están superando al flemático inglés, tan profesional
como maniático, tan místico como perfeccionista.
OBSESION CON LA LIMPIEZA
«Soy un detallista compulsivo. Mi mujer dice que estoy enfermo»,
aseguró el año pasado en Madrid, durante una conferencia sobre diseño
en la que participó junto al divulgador científico Eduardo Punset.
Desde que fundó su propio equipo de carreras, en 1972 (Cooper Racing
Company), Dennis impuso unas estrictas órdenes de pulcritud tanto en
los coches como en sus empleados. En el deporte de la grasa, la
suciedad estaba prohibida. Su estilo se ha impuesto en la exclusiva F-1
moderna, siempre pendiente del glamour, pero en su caso roza lo
obsesivo. De las casi 1.000 personas que trabajan en Woking, un
centenar se dedica a mantener la instalación tan brillante como una
boutique de lujo.
También se preocupa en el decoro de la vestimenta y la educación de
sus empleados. Para asistir a los patrocinadores españoles ha
contratado este año a un camarero valenciano y, en uno de los escasos
guiños hacia Alonso, el jamón presuntamente ibérico aparece
esporádicamente en el menú del motorhome.
El aspira a lo exquisito como imagen de marca, aunque en su vida
íntima y en la relación con sus pilotos prime la austeridad. Nada de
derroche injustificado. No tiene un yate como el de Briatore ni una
discoteca en Porto Cervo. Tampoco vive en una mansión en Londres, sino
en una coqueta casa a cinco minutos de Woking. A comprarse un avión
privado le obligaron sus compromisos comerciales por todo el planeta,
aunque no hace gala del aparato. Y la única compañía femenina que se le
conoce es la de su mujer, Lisa, bella norteamericana, y sus dos hijas
-tiene, además, un hijo-. Ningún escarceo de faldas, ningún escándalo.
Novia de toda la vida, misa cuando las carreras lo permiten y
donaciones generosas a la comunidad. Su mujer sólo salió de la parte de
atrás del camión para presentar en 2002 una colección de libros
infantiles sobre F-1 con fines solidarios.
Dennis busca la estabilidad de sus empleados, a los que aconseja
hasta en asuntos íntimos. No dudó en imponer a Mika Hakkinen, piloto
suyo a finales de los 90, un severo plan de desintoxicación dirigido
por un médico especialista en alcoholismo. La misma operación siguió en
los últimos tiempos con Kimi Raikkonen, actual estrella de Ferrari, al
que Dennis siempre criticó su gusto por los placeres de la vida.
«Si por él fuera, sus pilotos no tendrían a nadie alrededor,
estarían dedicados al cien por cien a la Fórmula 1. Le molesta que
durante las carreras estén rodeados de familiares, amigos o vecinos»,
dice una fuente cercana. De Juan Pablo Montoya, el colombiano al que
despidió el pasado año, no soportaba la presencia de la niñera que
acompañaba a su mujer. Ahora, el excesivo protagonismo del padre de
Hamilton, muy presente en la rutina del equipo, le enerva.
«Lo que él marca como consejos o amables directrices son órdenes
camufladas. Es difícil llevarle la contraria», aseguran los que le
conocen. Se mete en la vida de los pilotos, incluso fuera de los boxes.
Les llama con frecuencia, asaltándoles casi siempre con enrevesadas
conversaciones antes de llegar a la clave del asunto. Le encanta
filosofar. También intenta que sus estrellas sean observadas desde
dentro de la empresa como un par de empleados más. «Los pilotos van y
vienen, lo que queda es McLaren», siempre defiende.
Dennis se declara seguidor del filósofo Edward Bono y sus teorías
sobre el pensamiento lateral, que los expertos en recursos humanos
recomiendan para fomentar la igualdad en las relaciones laborales.
Fernando Alonso gana casi 22 millones de euros al año, mucho más que un
cocinero (55.000), pero los privilegios de los dos son escasos. Un
ejemplo: el español, bicampeón del mundo, debe pagar por cada postal
con su imagen que le piden los fans. La cartulina con su foto donde
firma el autógrafo se la cobran a 30 céntimos. Y las gorras o ropa
oficial está limitadísima: un par de piezas para el año.
Lo importante son... sus normas. A finales de los 90, tuvo la
posibilidad de fichar a Schumacher, antes de que el alemán comenzara su
época dorada en Ferrari. Todo estaba listo para el trato, cuando un
detalle derrumbó el acuerdo. Michael quería gestionar la publicidad del
frontal de su gorra y Dennis se negó. «Manda McLaren, no tú», le dijo.
Una frase que le ha repetido varias veces esta semana a Lewis Hamilton.
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